Shabat
La contemplación rasga el velo
Despertar es un momento que siempre tiene un tono algo trágico para mí. Es volver al mundo cada mañana. Salir del abrazo eterno, del calor eterno, del nirvana donde nada es necesario ni deseado. Ahora que lo pienso, hasta los sueños han cambiado. A veces me veo en escenas algo truculentas diciendo serenamente «esto no me compensa», y reiterándome del sueño.
Despertar en el mundo —volver al sueño— es el desafío más grande de cada día. Una nostalgia indescriptible me acompaña por un rato. Aprendí a que no me preocupe: debo dejar pasar un tiempo, entre desayuno y meditación, y se retira disimuladamente, como quien sabe que no es bienvenido. Aun así, antes de llegar del todo al mundo y de abrir los ojos, no hay día en que no diga «gracias». Mi voz suena en mi mente —la voz de Paula César en la mente de Paula César— diciendo, suave y cariñosamente, «gracias». No tengo muy claro qué parte de mí lo dice porque siempre la mañana es el momento más angustioso del día. Es decir, ¿qué parte de mí agradece estar en este mundo? Supongo que será una parte muy agradecida e iluminada.
El hecho es que algo dentro de mí lo pronuncia y yo lo escucho. Pronuncia la palabra ritual: «gracias». Hasta hace unos meses, de seguro lo decía por el silencio, que soy yo misma vaciada de mí —y tal vez por eso agradezco—. Ahora ya no es tanto el silencio. Me adoptaron tres gatas, no son tan contemplativas como yo. Las dejo quedarse solo porque su presencia viene a recordarme el sello de la Vida —cuidar de otros nos mantiene en armonía con el Amor que sostiene al universo—.
El tiempo vacío
La vida me trajo a un pueblito en las sierras de Salamanca, donde me cruzo —con suerte— con siete personas a la semana. Aquí no hay supermercado, ni chino, ni negocios. Vivo como una especie de ermitaña. Para hacer la compra camino cuarenta minutos por el bosque o me lleva alguna vecina en su coche —no siento necesidad de comprar uno ahora—.
Mis horarios más estrictos los determinan mi responsabilidad para con otros: alumnos y consultantes. Todas almas nobles, el verdadero lujo.
Suelo ser puntual —practico la abstención de robar, así que intento no robar tiempo a nadie llegando tarde—. También practico la abstención de mentir, de modo que procuro abstenerme de decir que haré algo, y luego no hacerlo.
Hago mis deberes: estudio, medito, hago servicio —ayudo desinteresadamente a mejorar la vida de otros— y no le hago caso a nada más que lo que me dicta la Razón universal.
Rebelde, de lo más rebelde que he conocido. Hasta el punto absurdo de imponerme yo misma rutinas, solo para que mi alma las transgreda con mayor sabiduría.
Creo que ha llegado el punto en el que no haré nada que no me mande Dios. Ni lo que diga la “ciencia”, ni lo que digan “líderes espirituales”, ni lo que diga ningún poder de turno.
Lo bueno es que la voluntad de mi ego parece haberse vuelto más débil. Creo que está un poco cansado de intentar tomar el control. Puede que me engañe a mí misma sin saberlo —eso siempre es una posibilidad a contemplar—.
EL MURO
En mi adolescencia tardía sentí como si un muro de piedra se levantase entre mi alma y Aquello. Escribí, entonces, cómo la separación se estaba formalizando, total y tangible dentro de mí. Estaba dejando de ver, de escuchar y de sentir ese océano de sentido trascendente y dicha inefable, la dicha de comprender. Pero la vida es un continuo ir y venir, subir y bajar, bajar y subir. Así que tiene lógica. Después de haber vivido una temporada en el infierno y quemarme en la puerta de fuego para salir, hoy parece como si aquel muro estuviera quebrándose. Nada se quiebra en tan poco tiempo, pienso. Pero en verdad fue una eternidad de olvido y sopor.
La puerta que ayer pareció cerrarse por siempre hoy se entreabre. No hubo más llave que el silencio —y no hacer nada en particular, más que lo que la conciencia dictaba a cada momento—. Aclaremos: «nada», hoy, fue alimentar a los gatos por responsabilidad con la vida de los que dependen de mí; comer algo por responsabilidad con el cuerpo que depende de mí; estar en silencio; caminar bajo un cielo gris blanco que huele a humedad; volver a casa bajo la lluvia; ver llover desde el zaguán de mi casa; escuchar las gotas que golpean en las piedras de la calle del Cristo. Apercibirme del agua corriendo por la alcantarilla. Imaginar el caudal del arroyo que crece con el agua de la lluvia. Pensar que sigue la misma dirección que mi calle: de arriba hacia abajo. Ver a la gatita blanca mirando también el agua, un poco más adelante que yo, justo en el marco de la puerta. A ella le salpica, se sacude cada tanto… No siento distancia ni diferencia entre ella y yo.
La contemplación rasga el velo de la separación.
Ahora estamos en ese microsegundo que, desde la perspectiva humana, parece nada. Es veloz. Pero en el fondo es eterno. Kronos entrega el cetro a Kairós. Es el instante en que el cetro pasa de unas manos a otras. Por un momento, todas lo sostienen y unos ojos miran a los otros en gesto de respeto. Se reconocen con honor por la misión cumplida. Pasan el mando de un tiempo a otro. Del tiempo del mundo al tiempo eterno. Allí estoy ahora, en el segundo épico en el que el poder es devuelto al no-tiempo. Al no existir. Al Tao. Al Uno.
LA FISURA
Entonces, sin quererlo y sin buscarlo, recuperé un aliento que creí perdido. Veo la fisura en el murallón que la materia construyó en mi cuerpo eterno. Y no me extraña, envejecer es empezar a vivir. Nacer fue un poco morir, y dejar de existir será, algún día, nacer.
Mientras tanto, únicamente puedo percibir la dicha del Uno en el encuentro con el ahora: con el silencio, con el agua de la lluvia, con el tiempo que no es tiempo.
Toda separación tiene para mí, hoy, una sola función: vivenciar el placer del reencuentro. Su encuentro.
P.C
*Shabat (שַׁבָּת), del hebreo shabbat, «cesar, detenerse». En el judaísmo designa el séptimo día, en que cesa la acción humana para participar en la plenitud de la Creación, santificando el tiempo mismo.



La grieta por la que la Gracia nos regala “el placer del Uno en un eterno encuentro con el ahora”
Una frase muy fecunda: percibir, que implica receptividad, y placer, que no es indulgencia sino la resonancia del ser consigo mismo. Y todo ello anclado en el ahora, que es la única puerta al Uno.
Gracias Paula, he vibrado ligera al leerte
Por una grieta, veo paisajes del alma. Me nutro con la belleza de la descripción y del lugar. Gracias, Paula.